miércoles, 26 de junio de 2013

MILAGROS - Norberto Jansenson


Un hombre llega, enajenado, a ver a su maestro.
- Maestro!!! -grita el hombre-, no tiene idea del milagro descomunal que acaba de sucederme.
- Cuéntame -dice el maestro.
- Veníamos para acá en el coche con mi mujer y mi hija, en la autopista se produjo un choque múltiple, varias personas sufrieron heridas graves y hubo dos muertos, pero nosotros sobrevivimos casi sin un rasguño. ¡Un milagro épico, sin dudas!
El maestro dice:  
- Bueno, en realidad un verdadero milagro es el que me sucedió a mí.
- ¿Qué le pasó?!!! -pregunta el hombre.
- Me levanté esta mañana, me bañé, me vestí, medité, desayuné, tomé un taxi y vine para aquí.

Eso es lo que me pasó, y ESO es un verdadero milagro. Lo otro se llama advertencia. Es la vida, diciéndote que estás equivocando el camino, haciéndote notar que tu tránsito no está siendo fluido ni armónico, que tu relación con el universo está enferma, que vas trabado, y que la próxima vez puedes no llegar a contarlo.

Norberto Jansenson

domingo, 16 de junio de 2013

MI PADRE - Edmundo de Amicis

De seguro que ni tu compañero Coreta ni Garrón responderían a su padre como tú has respondido al tuyo. ¿Cómo ha sido posible, Enrique? Siempre que una amonestación de tu padre te traiga a los labios una mala respuesta, piensa en ese día, que llegará inevitablemente, en que tenga que llamarte a su lecho para decirte: "Enrique, te dejo".

¡Oh, hijo mío! Cuando oigas su voz por última vez, y aún después de mucho tiempo, recordando que alguna vez le faltaste el respeto, te preguntarás: ¿Cómo fue posible? Entonces comprenderás que él ha sido siempre tu mejor amigo, que cuando se veía obligado a castigarte sufría más que tú, y que si te ha hecho llorar, ha sido por tu bien.

Ahora no comprendes; él sólo te muestra su bondad y su cariño. Tú no sabes que a veces está tan quebrantado por el cansancio, que piensa que vivirá pocos días y que en tales momentos sólo piensa en ti.

¡Y cuántas veces entra en tu cuarto mientras duermes y se queda mirándote y, haciendo un esfuerzo, cansado y triste, vuelve a su trabajo! Ni siquiera te das cuenta de que en muchas ocasiones te busca, está contigo porque tiene una amargura en el corazón y siente la necesidad de refugiarse en tu cariño.

Piensa ¡qué doloroso debe ser para él cuando, en lugar de encontrar afecto en ti, halla frialdad e irreverencia! ¡No te manches jamás con tal horrible ingratitud! Piensa que con la vida no se puede contar: una desgracia te podría arrebatar a tu padre tal vez mañana mismo. ¡Cómo verías cambiar todo ante ti!

¡Qué vacía y desolada te parecería la casa, solo, con tu madre de luto! Anda, hijo, ve donde tu padre y pídele que te perdone y te bendiga.

Tu madre.

Fragmento de Corazón, de Edmundo de Amicis

domingo, 9 de junio de 2013

EL VOLUMEN DE LA AUSENCIA - Mercedes Salisachs

Sin embargo el tiempo ha pasado deprisa en los últimos doce años, Juan. Parece una ironía, pero lo cierto es que nada es más veloz que un largo lapso sin ilusiones. No es verdad que el tiempo tarda en transcurrir cuando la vida no nos interesa. La propia monotonía y la falta de relieves lo despedaza; es decir, lo unifica, lo convierte en una dimensión sin metas ni puntos de partida. De pronto, nos damos cuenta de que los años se nos han ido de las manos, de que hemos sido burlados por su fugacidaz. Y es que todas las horas del día han sido mortalmente iguales: todas vacías, todas carentes de emoción. Por eso cuando te fuiste, la vida fue para mí como una recta final; una pendiente vertiginosa hacia el vacío. Todo era siempre lo mismo, y los acontecimientos jamás tenían futuro: sólo recuerdos.

"Aquello sucedió antes de que Juan se fuera, o después de que Juan y yo nos vimos por primera vez, o a poco de inaugurarse la exposición de Juan, el estudio de Juan, el coche de Juan..."

Así iba envejeciendo yo: teniendote a tí como punto de referencia, contando los años como si fueran horas y los lustros como si fueran años. Hasta las Navidades se sucedían unas tras otras igual que si entre cada una de ellas no mediaran trescientos sesenta y cinco días completos. También las estaciones volaban. Tanto que, a menudo, cuando pensaba en alguna de ellas, no sabía precisar si ya se había cumplido o si estaba aún por llegar. En cambio, cuando aún no te habías ido, cada segundo tenía una medida, cada instante se nutría de sentido. Por eso el tiempo podía dosificarse, ensancharse y hasta prolongarse. Pero esa facultad de medir la vida por milímetros y por fracciones cabe cuando se viven situaciones relevantes. Ahora lo esencial es pensar que el tiempo no existe, que tanto el pasado como el futuro no es más que un gigantesco presente.

Sería interesante hacer el recuento de los sobresaltos, los desengaños y las heridas que vamos acumulando a lo largo de nuestro transitar por la vida. Y medirlos. Llegar a conocer con exactitud lo que nos ha afectado o nos ha dolido. Vistos en perspectiva, no parece que sean los grandes acontecimientos los que han contribuído a los cambios ópticos o a la transformación de nuestros esquemas. Son las circunstancias pequeñas; esos procesos rezagados que tanto se relacionan con los comportamientos ajenos, las miradas furtivas, las displicencias inesperadas... Probablemente la humanidad entera está enferma de ese tipo de procesos.

Una vez me dijiste que no bastaba derribar y construír sobre los derribos para sentirnos seguros: Es preciso también recordar los derribos, analizarlos a fondo, para evitar que las nuevas construcciones sufran los mismos errores.

Entonces no llegué a entenderte, con frecuencia te expresabas de un modo metafórico, y yo problamente no estaba preparada para asimilar tus ideas. Las comprendo ahora, Juan: después de esos doce años vacíos de tu presencia, pero tremendamente llenos de tu ausencia. ¿Sabías tú que también las ausencias pueden tener volumen? La tuya lo tuvo. Fue un volumen lleno de ti, de tus palabras dichas al desgaire, y de las que ni siquiera me habías dicho pero que yo adivinaba; de coloquios interminables entre tu yo lejano y mi propia soledad, siempre presente. Un volumen cada vez más hinchado de ti; de evocaciones que mientras eran aún hechos cotidianos apenas tenían dimensión ni grosor, pero que a medida que los años transcurrían, iban creciendo y creciendo: miradas, gestos, ademanes,actitudes. Realidades, en fin, que no por pertenecer al ayer dejaban de serlo.

"Nadie puede arrebatarme el recuerdo", pensaba muy a menudo. Y nadie, tampoco, podía disminuirlo, deshincharlo. Cada instante que había vivido contigo estaba allí, en los departamentos estancos y secretos de mi conciencia.

-¿Hasta cuándo vas a seguir queriéndome , Juan? Todos estamos expuestos a ser inconstantes.
-Nunca habrá un "Hasta cuando" entre nosotros, Ida. El secreto está en sincronizar los relojes de nuestro cariño

Lo malo era que los relojes no se habían sincronizado. Los relojes de aquel amor habían ido marcando horas distintas, desmanteladas y cada vez más divergentes. La ausencia es mucho más que un espacio vacío y un tiempo sin horas. La ausencia es también un dejar de conjugar ensoñaciones y un sufrir agonías por trances dispares, y un resurgir alegrías distintas o desencantos contradictorios, todo ello desconectado de lo que fue un compartir continuo...

Mercedes Salisachs

sábado, 25 de mayo de 2013

CONOCERSE A UNO MISMO

Un niño de la India fue enviado a estudiar a un colegio de otro país. Pasaron algunas semanas, y un día el jovencito se enteró de que en el colegio había otro niño indio y se sintió feliz. Indagó sobre ese niño y supo que el niño era del mismo pueblo que él y experimentó un gran contento. Más adelante le llegaron noticias de que el niño tenía su misma edad y tuvo una enorme satisfacción. Pasaron unas semanas más y comprobó finalmente que el niño era como él y tenía su mismo nombre. Entonces, a decir verdad, su felicidad fue inconmensurable.

Desconozco su autor

sábado, 11 de mayo de 2013

SACRIFICIO - Edmundo de Amicis

Mi hermana Silvia tiene un corazón tan noble y generoso como mi madre. Ayer estaba yo copiando una parte del cuento mensual 'De los Apeninos a los Andes', que lo copiamos entre todos porque es muy largo. Silvia me dijo rápido y muy bajo: -Esta mañana he oído a nuestros padres conversar. A papá le ha salido mal un negocio; estaba preocupado y mamá le ayudaba animándolo. No hay dinero. Papá decía que es necesario hacer sacrificios. Es preciso que también nosotros nos sacrifiquemos, ¿no es verdad? Bueno, hablemos con mamá.

Y tomándome de la mano, fuimos a verla: -Oye, mamá -dijo Silvia de pronto- tenemos que hablarte los dos. Mamá nos miró, admirada, y Silvia continuó: -Papá no tiene dinero, ¿no es verdad? -¿Qué dices? -preguntó, sonrojándose- ¡No es verdad!

-Sí, lo sé -dijo Silvia con seguridad-. Nosotros tenemos que hacer sacrificios también. Tú me habías prometido un abanico para fines de mayo y Enrique esperaba su caja de pinturas; ahora no queremos nada.

Mamá intentó hablar, pero Silvia continuó: -No, tiene que ser así, lo hemos decidido. Y hasta que papá tenga dinero no queremos frutas ni otras cosas. Así se gastará menos y te prometemos que nos verás tan alegres como siempre. ¿No es verdad, Enrique? Yo respondí que sí.

¡Ah! No había visto nunca tan contenta a mi madre como al oír esas palabras. Aunque nos aseguró que no estábamos tan mal como Silvia suponía, nos besó llorando y riendo, sin poder hablar. Se lo contó todo a mi padre.

¡Pobre padre mío! Esta mañana, al sentarme a la mesa, experimenté al mismo tiempo un gran placer y un gran disgusto. Yo encontré bajo mi servilleta una caja de pinturas y Silvia un abanico.

Fragmento de "Corazón", de Edmundo de Amicis

jueves, 25 de abril de 2013

EL RELOJ PARADO A LAS SIETE - Jorge Bucay


En una de las paredes de mi cuarto hay colgado un hermoso reloj antiguo que ya no funciona. Sus manecillas detenidas casi desde siempre, señalan imperturbable la misma hora: las siete en punto.

Casi siempre el reloj es solo un inútil adorno sobre una blanca encina y vacía pared. Sin embargo hay dos momentos en el día, dos fugaces instantes en que el viejo reloj parece resurgir de sus cenizas como un ave fénix. Cuando todos los relojes en la ciudad en sus enloquecidos andares marcan las siete, y los Cucu y los Gongs de las maquinas, hacen sonar siete veces en su repetido canto, el viejo reloj de mi habitación parece cobrar vida.

Dos veces al día, por la mañana y por la noche, el reloj se siente en completa armonía con el resto del universo. Si alguien mirara el reloj, solamente en esos dos momentos, diría que funciona a la perfección, sin embargo, pasado ese instante, cuando los demás relojes callan sus cantos y las manecillas continúan su monótono camino, mi viejo reloj pierde su paso y permanece fiel a aquella hora, que alguna vez detuvo su andar.

Jorge Bucay

miércoles, 17 de abril de 2013

LA LUCIÉRNAGA

Cuenta la leyenda que una vez una serpiente empezó a perseguir a una luciérnaga; ésta huía rápido con miedo a la feroz depredadora y la serpiente no parecía desistir. Huyó un día, y ella no desistía, dos días y nada... En el tercer día, ya sin fuerzas, la luciérnaga paró y dijo a la serpiente:

-¿Puedo hacerte tres preguntas?
-No acostumbro dar ese privilegio a nadie, pero como te voy a devorar, puedes preguntar. Dijo la serpiente.
-¿Pertenezco a tu cadena alimenticia?
-No. Contestó la serpiente.
-¿Yo te hice algún mal? Preguntó la luciérnaga.
-No. Volvió a responder.
-Entonces, ¿por qué quieres acabar conmigo?
-¡PORQUE NO SOPORTO VERTE BRILLAR!

Desconozco su autor

Muchos de nosotros nos hemos visto envueltos en situaciones donde nos preguntamos por qué nos pasa lo que nos pasa si no hemos hecho mal a nadie... Sencillo... porque no soportan verte brillar. Cuando esto pase, no dejes de brillar, continúa siendo tú mismo, continúa dando lo mejor de ti, no permitas que te lastimen, no permitas que te hieran, sigue brillando y no podrán tocarte... porque TU LUZ SEGUIRÁ INTACTA...

miércoles, 10 de abril de 2013

LA ESCALERA

Imagina tu vida como una escalera. Eso pasa cuando inicias tu camino de crecimiento interior. En ese proceso, en ese avance, pierdes muchas cosas: pareja, amigos, trabajos, pertenencias, todo lo que ya no coincide con quien te estás convirtiendo ni está en el nivel al que estás entrando. Puedes pelearte con la vida entera, pero el proceso así es. El crecimiento personal es eso, personal, individual, no grupal.
 
Puede que después de un tiempo esa persona decida emprender su propio camino y te alcance o suba incluso mucho más que tú... pero es importante que estés consciente de que no debes forzar nada. 

También puede llegar el momento en ese camino hacia tu crecimiento personal, en que te quedes un tiempo solo... Y duele, claro que duele, y mucho... pero luego, a medida de que vas avanzando, te irás encontrando en esos niveles con personas mucho más afines a ti, personas que gracias a su propio proceso están en el mismo nivel que tú y que si sigues avanzando, ellos lo harán contigo. En esos niveles de avance ya no hay dolor ni apego ni sufrimiento. Hay amor, comprension y respeto absoluto. 

Así es nuestra vida, una escalera infinita donde estarás con las personas que estén en el mismo nivel que tú... y si alguien cambia, la estructura se acomoda. Cada pérdida, cada persona que se va o situación que termina, es porque así tiene que ser, déjalas ir y préparate para todo lo bueno que viene a tu vida.

Desconozco su autor

lunes, 8 de abril de 2013

AMOR


Un hombre de cierta edad llegó a mi clínica para hacerse curar una herida en la mano. Se notaba que tenía bastante prisa y mientras lo curaba le pregunté qué era eso tan urgente que tenía que hacer. Me dijo que tenía que ir a una residencia de ancianos para desayunar con su mujer como todos los días, que allí vivía ella. Contó que llevaba algún tiempo en ese lugar y que tenía un Alzeimer muy avanzado. Mientras terminaba de vendarle la herida, le pregunté si ella se inquietaría en caso de que él llegara tarde esa mañana. -No -me dijo-, ella no sabe quién soy yo, hace ya casi cinco años que no me reconoce. Entonces le pregunté extrañado: -Y si ya no sabe quién es usted, ¿por qué esa necesidad de estar con ella todas las mañanas? Me sonrió y dándome una palmadita en la mano, me dijo: -Ella no sabe quién soy yo, pero yo sé muy bien quién es ella...

Desconozco su autor

domingo, 7 de abril de 2013

LA NIEBLA - Luciano Rodríguez

Hay veces que no me he sentido parte de este mundo. En otras ocasiones, he querido vivir fervientemente. Y una vez, un día, sentí que estaba muerto.

Amanecí con el despertar de la ciudad. El ambiente se encontraba sumido en una espesa niebla, común en aquellos días otoñales. Al levantarme, me dirigí al baño y, luego de eliminar las impurezas acumuladas durante la noche, haberme lavado las manos y haber refrescado mi rostro, me encontré con mi reflejo en el espejo. Me vi distinto, o más bien, derruido. Mi réplica se encontraba demacrada, corroída por los estragos que había causado el tiempo. Comprendí que era viejo. Recién entonces caí en la cuenta de que mi vida se me escapaba de las manos lentamente, y yo no podía hacer nada para impedir que se me escurra entre mis dedos.

Salí del baño con una decisión tomada. Me vestí con la mejor ropa que encontré. Llegué a la cocina, y me preparé un café muy cargado. Necesitaba tener mucha energía. Puse a calentar algunos panes, pero en el apuro, olvidé comer las tostadas. Salí de mi departamento en el octavo piso, y llamé al ascensor. Esperé lo que dura una eternidad, y el elevador nunca llegó. Corrí a las escaleras, y bajé apresuradamente, mientras pensaba que tan solo bastaba un paso en falso para que cayera rodando, un escalón golpeara mi nuca, yo perdiese la vida, y nunca pudiere concretar el objetivo que me había planteado ese mismo día, el cual determinaría el futuro de mi paso por este mundo. Salí del edificio, crucé la calle, caminé hasta la parada del micro, y allí esperé. Una vez más, esperé.

Mientras tanto, pensé que me podrían haber atropellado mientras cruzaba la transitada avenida, y así nunca podría haberle brindado un sentido a mi patética vida. Llegó el micro, y subí precavidamente para evitar un tropiezo impertinente que mandase mi alma al reino de los Cielos. Encontrándome ya dentro del vehículo, visualicé un asiento libre en el fondo, y acompañado por la inercia, me abalancé sobre él. Una vez sentado, comencé a planificar el resto de mi día, y de mi vida. Me encontraba sumido en mis pensamientos, cuando el micro comenzó a detenerse. Era hora de bajar, y de comenzar a vivir. O a morir.

Una vez abajo, miré mi reloj, y al ver que faltaban unos minutos para que llegase ese momento determinante de mi vida, tan ansiado durante todo el día, decidí que esperaría sentado en el banco de la misma parada en la que bajé. Cada movimiento de las agujas equivalía a una década de espera. O más bien, a un siglo de purgatorio.

La niebla habíase incrementado en el transcurso de la mañana, y su elevada densidad no me permitía ver con claridad la vereda de enfrente, ni la puerta que había allí. Y mucho menos a la gente que salía por ella.

Estaba midiendo las palabras que utilizaría para determinar el resto del camino de la vida por el cual transitaría hasta el día de mi defunción, cuando percaté, gracias a mi desarrollado olfato, esa esencia que tanto añoraba. Un hermoso aroma a rosales primaverales recién florecidos. Levanté la mirada, y vislumbré, entre la espesa niebla, los cálidos labios color carmín que tanto ansiaba; del color de las brasas ardientes, recién apagado el fogón. Apareció el total de su esbelta figura en la vereda de enfrente. Esbelta como un jazmín recién plantado en los primeros días estivales.

Semejante a la Luna solitaria en las frescas noches otoñales, su cuerpo era el único que se veía inmerso en esa niebla. Niebla que todo el día había sido de tinte fantasmal, pero que ahora me recordaba al polvo mágico de las historias infantiles. La esperanza creció en mi pecho como lo hace el pasto de un hermoso jardín medieval después de una llovizna nocturna. Me levanté del asiento, atraído por aquella mujer que tan bien se había disfrazado de poesía, y me apresuré a cruzar la calle. Escuché un estrepitoso sonido, semejante al estruendo producido por los truenos en uno de esos diluvios veraniegos, o más bien, a una bocina. Y se apagó la luz, así como también, la vida. 

Luciano Rodríguez 
(Cuento publicado en la Revista Rumbos 502, el domingo 07 de abril de 2013)